Las prisas del turista

La mayoría de las personas tenemos un calendario laboral que nos ocupa 40 y bastantes semanas al año. Nos quedan unas pocas semanas para poder viajar, o bueno, para hacer lo que queramos con ellas. A mi me encanta viajar. Hasta ahora no he viajado demasiado, pero hay muchos sitios que quiero conocer. Sé que, si puedo, intentaré aprovechar siempre todas mis vacaciones para viajar y conocer nuevos lugares, ya sean cercanos o lejanos.

Creo que la mayoría de las veces viajar significa hacer turismo. O al menos eso veo a mi alrededor. La gente se va una semana a Londres, a París, a Italia, o al sitio que sea y visita las partes y los monumentos más conocidos. Se saca un montón de fotos y sube las mejores a Facebook. Aprovecha el tiempo del viaje al máximo. Visita todos los sitios que puede durante esos días, y eso está bien.

Con esto no pretendo criticar el turismo, ni las fotos, ni las redes sociales, ni los monumentos emblemáticos. Yo he hecho varios viajes de este tipo, y los he disfrutado. He conocido sitios que me han encantado. Ver la torre Eiffel o el parlamento de Londres en vivo no tiene nada que ver con verlo en una foto. Es algo totalmente diferente. Merece muchísimo la pena visitar estos sitios que sabes de antemano que te gustan, pero que cuando los ves por primera vez en vivo y en directo te das cuenta de que son muchos mejores de lo que pensabas.

Sin embargo, esta forma de viajar tiene un gran inconveniente.

Viajes exprés

La mayoría de mis viajes han sido viajes exprés. De hacer turismo y nada más. Ir a Londres y visitar el parlamento, el Buckingham Palace, Hyde Park y el British Museum. Parar el ritmo a última hora para beber una cerveza en algún pub, y a descansar para aprovechar de nuevo al máximo el día siguiente. Viajes de 4 o 5 días exprimidos a fondo. Viajes exprés.

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Foto: paseando por Hyde Park, Londres (2013)

En estos viajes he visto muchos sitios increíbles. Pero he pasado por las ciudades y países corriendo. He visto los sitios, pero no los he conocido. He interactuado muy poco con estos sitios. Usar el transporte público, y poca cosa más. No me he dedicado a conocer gente. A conocer los sitios menos conocidos de esas ciudades y países, pero que son en realidad los que tienen todo el encanto. Los viajes exprés se pierden esto. Es el gran inconveniente, y en mi opinión un inconveniente muy importante.

Viajes relax

Otro tipo de viajes son los que he hecho a sitios de playa, por ejemplo. Viajes con un único objetivo: el relax. Viajes de una semana, por ejemplo. A algún sitio de playa, como por ejemplo Peñíscola.

Peñiscola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Foto: Peñíscola

En estos viajes no hay prisas. No hay torres Eiffel ni Central Parks que visitar. Se trata de bajar un poco el ritmo habitual de tu vida y recargar pilas. Estos viajes me parecen importantes, me gusta tener una semana al año de este tipo. Pasear, hacer deporte, cocinar y comer sin otra preocupación. Pero poco más. Estos viajes son de desconexión. No tienen el objetivo de conocer ni visitar ningún lugar, al menos en mi caso.

Viajes sin prisas

De estos solamente he hecho uno en mi vida hasta el momento. En estos viajes, vas a un sitio a quedarte durante un tiempo más largo. Suficientemente largo como para no tener ocupado todo tu tiempo en visitar sin falta todos los lugares importantes. Suficientemente largo como para no preocuparte de aprovechar el tiempo al máximo. Suficientemente largo como para poder perderte por ahí tranquilamente sin ninguna prisa, sin ninguna sensación de estar desperdiciando parte del viaje.

Este viaje fue para mí un mes que pasé en Inglaterra, estudiando inglés. Un amigo mío y yo nos fuimos en el mes de Agosto de 2006 con una beca a estudiar inglés con un grupo de 25 personas en total. Los dos nos alojamos en la casa de una familia inglesa. Ya solo con este dato, este viaje supera a todos los demás en cuanto a conocer bien el sitio se refiere.

Recuerdo que el viaje lo hicimos un sábado por la tarde. Llegamos al aeropuerto de Stansted en Londres y nos esperaban otras 4 horas de autobús hacia el norte, destino Lancaster. Lancaster es un pequeño pueblo al norte de Manchester y Liverpool. Sin monumentos que visitar. Un pueblo inglés auténtico. Cuando llegamos allí, eran las 2 o las 3 de la mañana, y John nos esperaba con su coche para llevarnos a su casa. John y Maureen eran nuestros anfitriones, un matrimonio bastante mayor. En pocos días aprendí más inglés hablado y oído que en años de estudio en la academia.

Recuerdo también que al día siguiente nos despertamos pronto. Las ventanas no tienen persianas, y amanecía a las 5 de la mañana, con lo que lo tuvimos fácil para despertar. Mi amigo y yo desayunamos y salimos los dos solos a dar una vuelta por ahí. La sensación en esa vuelta fue mucho mejor que cualquier momento de turismo de entre todos mis viajes. Echamos a andar sin un rumbo fijo. La casa estaba en las afueras del pueblo, en la típica zona residencial tan habitual en Inglaterra y en otros muchos sitios. No vimos mucho más que casas, parques, alguna iglesia y un par de supermercados. Y también una limusina.

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Foto: junto a una limusina aparcada en las calles de Lancaster, Inglaterra (2006)

Puede parecer algo sin ninguna importancia, pero ese paseo por un lugar desconocido, sin prisas y sin un objetivo fijo más que ver lo que había por ahí alrededor, lo tengo como un gran recuerdo. Un paseo sin prisas. Entramos a un supermercado (sí, estaba abierto en domingo) y compramos chicles. El cajero del supermercado nos preguntó de dónde éramos. Hablamos un poco con él.

Antes de irme, cuando se estaba acabando nuestro mes, compré más de aquellos chicles ingleses. Me traje una buena reserva y me los comí poco a poco. Me recordaban a aquel supermercado y a aquel paseo. Aunque no me hace falta tener esos chicles para acordarme. En el momento del paseo no me parecía que ese fuese a ser un momento memorable ni importante para mí. Desde luego ahora sí que lo pienso.

No tenemos tiempo

Por desgracia, dado nuestro ajustado calendario laboral, utilizamos nuestras vacaciones para ir a ver sitios conocidos y que sabemos que nos gustarán, y verlos lo más a fondo posible. Y repito que esto está bien. Repito que yo lo hago y seguiré haciéndolo y no quiero prescindir de ello.

Pero a lo mejor, alguna vez me iré a un pueblo pequeño de algún país. Saldré a pasear sin saber lo que me voy a encontrar, sin prisa por ir a ver los sitios “que hay que ver”. Compraré un paquete de chicles y hablaré con el cajero (si es que puedo entenderme con él). Lo veré en el momento como algo normal y para nada memorable. Pero se convertirá en otro recuerdo inolvidable. En otro recuerdo no estropeado por las prisas, por las fotos ni por las preocupaciones.


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